Sofía puso su música que aturde y que no me gusta. Pensé en la inmensidad de la Fajardo, y en el rojo de su carro, en los tatuajes que nunca me haré, escapando de su música fea y estúpida. Se suponía que íbamos a vernos con Arturo en algún sitio de Los Palos Grandes. Ella me habló de lo que me hablaba todo el tiempo, del amor largo como una anaconda, de la inteligencia seductora, de las caricias mortales y los besos tibios, de la elocuencia de su discurso, de su cuerpo hermoso que sube El Ávila, de la electricidad cuando se tocan, y por supuesto todo tenía que ver con Arturo, yo ya no quería escuchar más, entonces aproveché su concentración de conductora y miré su escote azul y sus piernas que salían de una falda de quién sabe qué color, y todo el ruido se enmudeció, y las publicidades de la Fajardo se volvieron blancas. Tuve una erección.
Sofía hablaba de lo difícil que era tratar con él fuera de las caricias moribundas y el sexo rojo y febril. Era un exceso, la existencia de Arturo era un exceso que los arrastraba a todos, a él, a Sofía, a los fantasmas. Cuántas veces tuve que secarle los lagrimones a Sofía, que Arturo no le atendía, que Arturo no se conectaba, que Arturo no la llamaba, que Arturo Arturo Arturo. Pero hemos de comprender que Sofía es una niña que no entiende la libertad perversa de los machos, macho cabrío Arturo, con cuernos y olor a azufre. Sofía no entiende lo que impulsa el alma de los hombres libres y estúpidos y condenados como Arturo. Arturo es de esos que al parecer no les importa nada, aman y se apasionan, se desvanecen en forma de cicatriz, y el mundo de algunos se convierte en una pelota de carne muerta.
Dificultad. Alcanzamos una cola a la altura del CCCT, ella aprovechó para llamarlo, él dijo que ya no se verían en Los Palos Grandes, que iría a la proyección de un cortometraje de unos amigos, que quería que Sofía fuera, pero Sofía también se encontraría con sus amigos, la idea era que todos hicieran algo. La dicotomía pueril se superpuso y tomó la batuta ardiente de esta situación situada en el sitio más sutil: la cola, la cola de la autopista, caracterizada por enaltecer las emociones (las feas) humanas.
Sofía dijo que llamaría luego y entonces trancó y se volvió hacía mí, la cola no avanzaba, no sabía qué hacer, no sabía si ir con Arturo y no provocar una guerra nuclear, o si ver a sus amigos, o si desmayarse ahí mismo. Le dije que Arturo no la quería mientras le veía las tetas. Que Arturo la mandaba a hacer lo que a él le diera la gana, le dije muchas cosas malas de Arturo, que no eran falsas pero que me ayudaban a escapar de esta estúpida escaramuza wongkarwaística. Ella lo entendía todo, pero el demonio enamorado que llevaba por dentro no. Por un instante las publicidades blancas y el ruido sordo universal fueron extrañados por mi fea persona, con la excusa de no sentirme tan patán por movilizar esta cruzada contra almas ajenas y falsamente unidas. Palabrerías, simplemente eran un sucio hijo de puta queriéndome salir con la mía.
Al tipo de hombres en el que Arturo y yo encajamos se le otorga dos títulos: misóginos e hijos de puta, yo prefiero los polisílabos. Otrora, mi delicado pensamiento curtido y claustrofóbico me hubiese impulsado a huir, desistir y ser derrotado por el arrepentimiento, pero esta vez no, la vejez de los 22 me permitió ser más estúpido y mitómano que de costumbre, por lo que decidí aventurarme a las despiadadas aguas del desamor colectivo. Palabrerías, quería joderlo todo.
Elemento horrible desencadenante. Arturo llamó, Sofía dijo que su compromiso estaba hecho y no podía plantar a los chicosmuchachosboys, acto seguido escuché los gritos de R2D2 por el fono y se me prensaron los pelos del culo: sentí la distimia de Sofía comenzando a correr por sus gusanos del tiempo. La música que aturdía seguía y pues, como el buen hombre que soy, dejé que siguiera para que entorpeciera la situación. Brillante idea.
Escapismo. Bunbury dice que el escapismo es un arte. Mi abuela dice que yo no tengo sentimientos buenos, que son marrones y huelen a mierda, que están enredados y son bastante mefistofélicos. Palabrerías, dice que soy un hijo de puta.
Punto de giro hijo de puta. Sofía puso el teléfono en altavoz y enseguida --o me llames más no quiero saber nada vete a tu vaina y yo a la mía y chao, no no nada no me digas nada- tu tu tu tuuuuuu. Cuelga. Sofía, como dije antes, es una niña que no entiende nada, aunque siempre estuvo clara de mis intenciones, que eran las de chuparle las tetas y darle nalgadas en su casa, con la justa esperanza de lamerla toda. Ella comenzó a llorar, a llorar chillón y feo como un puerco con hemorroides malas, por un segundo me secuestró la pena y me sentí afligido, pero pensé en publicidades blancas y la calma volvió coja.
Sofía siguió llorándole al volante y por fin la cola se movió, ella comenzó a conducir lentamente, mientras moqueaba y yo olía su aliento a llanto. Babeando el volante siguió conduciendo feo y de repente haló le freno de mano y se tiro a llorar como nunca, un ataque de pánico sobre mí, la abracé, porque a pesar de mis hijoputadas, la quiero, y también la deseo, la abracé y no dije nada, pues no había nada qué decir, nada que pudiera murmurarle a su alma inquieta y quebrada, nada que pudiera escribirse en una hoja de sus arterias y que mitigara el dolor que el infierno le imbuía en sus sienes, ese dolor caliente del llanto sincero que quema en las sienes y que nos ofusca las miradas, que nos enajena las lágrimas y nos amarra los intestinos.
Es un hijo de puta eso lo sé bien, le dije. ¡LO AMO LO AMO! NO PUEDO ESTAR SIN ÉL. No, claro que puedes estar sin él, no lo necesitas para sobrevivir ni para colorearte los glóbulos de tu sangre hermosa, ni para abrir los párpados en las mañanas caraqueñas. Dije cosas así, que se dicen cuando uno está firme y un poco sobrio, pero dije cosas que ni yo mismo entendía, yo, que tantas veces morí por el amor de mujeres que han ido acabando con mis vidas, que ya llevo muchas muertas, y que ahora me otorgan más vidas que una quimera de gatos monteses.
Le levanté la carita mojada y hedionda y le besé la frente, le dije burocráticamente que no lo necesitaba, que tenía gente quien la amaba, pero tanto yo como los conductores que tocaban cornetas detrás de nosotros sabían (aunque ellos no se enteraran de lo que ocurría ahí) que el dolor ácido del desamor no puede consolarse con una dosis eterna de otros amores.
Mecánica del ácido. El desamor se filtra en los tejidos y te sulfura todos los días, te infecta la realidad y te pudre el corazón. Un día te sientas a comer y reconoces que tienes el cerebro descompuesto y el alma vencida, y luego del almuerzo de algún mes venidero vas a cagar y se te salen los ácidos, y renaces como un fénix vicioso y hostil, con el negro inyectado en los vasos y los nueve círculos de infierno rotando en el eje de tu psique, y aunque no creas en el infierno, parece el lugar más cómodo.
Sofía lloró mucho más, me pidió que manejara, pero yo no sabía manejar sincrónico. Le mencioné que no me importaba permanecer allí trancando el tráfico de Caracas, le revolví el cabello y le di una minicachetada cariñosa, pero ni me di cuenta cuando ya me había bajado el cierre y comenzaba a lamerme el pene, moviendo con la punta de su lengua mi frenillo y mi glande, llenándome la pelvis de lágrimas y mocos, yo clavando mi lanza en su paladar y en sus encías. Y burp burp, cascada blanca de soledad saliendo de mí entrando en ella, cubriendo de porcelana malvada los ácidos y los tejidos de Sofía.
Quedé ahí, petro, como un animal triste, así como dice Liendo, alimentándome de su mirada y del sopor temporal de una miseria, una miseria compartida de autopista. Pero ella reventó a llorar y lo último que quedaba de mis vidas félidas se volvió un homúnculo de sangre y semen, cubriendo mi frágil pensamiento, sabiendo que nadie en la Fajardo ni en el mundo podría entender el infierno que se encendió, para siempre, en el alma vencida de Sofía. Las almas vencidas, que desgraciadamente estarán desincronizadas hasta que muera la última lanza de Longinus.